jueves, 12 de diciembre de 2013

ELLA Y EL (UN AMOR SIN CENSURA)

Unos besos amortiguaban el ímpetu de la pasión de sus miradas y preparaba tiempo para la iniciación de aquel instante que bordaría dos corazones atados sin saberlo, los pensamientos poco a poco se iban apartando, procuraron vedar aparentes estorbos que intervenían aquel momento y que no permitían su desarrollo pleno sin despegarse uno del otro, abrazados contoneando el equilibrio, llegaron a un cuarto aislado de aquel apartamento acogedor que valía de escenario para la plenitud de aquellos dos y que captura cada esencia apasionada del amor.

Dos amores abandonan los nervios, en medio de besos fugaces y caricias pausadas por manos tímidas e indecisas, y se apoyan sobre un lecho cómodo y acolchonado, refugiándose uno en el otro gritándose en silencio que se aman mutuamente sin que el otro pueda oír y sigan examinando minuciosamente al otro en busca de señales que les aprueben la continuación de la historia que por un muy largo lapso habitó como fantasía en dos personas sin saber de sus experiencias simultáneas.

Por momentos se cruzaban las miradas mientras una risita respondía a la otra en un aparente alucinación bien concebida en el que los representantes sabían que debían hacer, uno desvestía al otro desabrochando botones, resbalando cremalleras, desenredando lazos, soltando sujetadores, entre besos y apretones como si se estuviese desenvolviendo un obsequio codiciado por un niño ansioso de algún juguete exclusivo.

Las respiraciones agitadas empezaban a aparecer y como en una fantasía sin prejuicios o sanciones morales que condicionaran el amor, este se reinventaba a cada minuto con una fuerte admiración y respeto como quién aprecia un diamante con fina delicadeza  o una costosa porcelana, nada molestaba entre los sentimientos de los enamorados que sentían que se conocían desde el primer momento de sus vidas, su unión fue explícita desde el inicio de los tiempos y aunque hasta ese momento se presentaba, ambos sabían que ocurriría en algún momento, pero la magia y la fortuna de tenerse el uno al otro sembraba un toque de asombro y nerviosismo.

Las caricias, sin prontitud, cada vez llegaban más lejos y se divisaba en el ambiente el suave aroma de eso que había extraviado a muchos en la historia, un cariño fuerte que los tenía uno muy cerca al otro empezando por sus piernas entrelazadas mientras un beso largo, inmaculado, puro, inocente y fogoso con el efecto de un terremoto en cada uno y con un deseo intenso que nutría los apetitos de querer fundirse uno en el otro daba inicio a lo mejor de la historia de aquellos dos.

Él disfrutaba del roce del cuerpo de ella que le hacía sentir una efervescencia en la sangre que cruza sus venas, el derretimiento de sus huesos y articulaciones cada vez que la fricción les permitía coincidir y estrellarse uno con el otro, ella saboreaba los toques de seducción que podía regalar desde el fondo de su alma, mientras iban desapareciendo prendas más íntimas de su cuerpo y juntos iban recorriendo camino que habían adivinado en sus fantasías a través de las caricias que presagiaban los contornos de sus respectivos cuerpos. Se revelaban secretos y confidencias de ambas partes involucrando la novela que se estaba trazando y aquello que los mantenía allí además de lo que había pasado por sus mentes con anterioridad.

Poco a poco los dos bajaban las caricias que desembocaban de su cuello, descubrían los caminos que descendían de sus vientres y llegaban a una intimidad más pura, mientras cruzaban sus calles, combinaban sus pasajes, y como peces entre algas en un camino conocido, navegaron entre la humedad y la tibieza mientras los pensamientos rondaban sus rincones más atrevidos y más delicados porque aunque dicen que las pruebas de amor se alejan a la concepción de sexo de hoy en día, las mejores pruebas de amor se dan en la complicidad del reconocimiento y el respeto del otro en la esencia perdida de la sensualidad exquisita, aunque los toques eran suaves y cuidadosos se iban intensificando a medida que la adrenalina corría como un río al que restringieron su recorrido y resuelve salir de su cauce.

Las caricias no cesaron mientras sus organismos se unían en una danza coordinada de dulzura y placer entre gemidos y suspiros donde se guiaban como niños de la mano, en sus complacencias y favoritismos porque no dudaron en poseerse y regalarse uno al otro, enloquecidos los dos, se complementaban en una mezcla de complicidad, impudicia, sordidez, coquetería y recato un contacto para recordar durante los tiempos que quedaban por vivir con la misma precisión y con la misma convicción de vivirlo una y otra vez mientras se miraban y encontraban una mirada compasiva y encubridora de regreso que provocaba la sugerencia  de cerrar los ojos y saltar al vacío tomando lo aprendido en lecciones efímeras para este momento sublime que tallaba con un suspiro fresco la emoción de los dos,  como si la existencia cobrase importancia si se toma como la gestación de esa noche.


Agonizaban de sofoco y de placer mientras probaban el almíbar que los encerraba, los atravesaba con la dureza de una espada, los transbordaba en una nube y los bajaba con devoción acompañados de una expresión colmada de simpatía, un fuerte abrazo y un cálido beso que selló el momento y dio tiempo para descansar, seguros de iniciar el resto de la historia, ya que no era un evento aislado o una aventura furtiva, estaban hechos el uno para el otro.

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