sábado, 9 de junio de 2018

MR. PERFECT


Alguna vez Isabel Allende confesaba que al narrar la historia de su vida se protegió a sí misma de las consecuencias del espanto más grande que podría sentir, y a través de redimir y desahogar su espíritu en la escritura logró juntar las fuerzas para imponerse a un duelo. Hace un tiempo advertí que yo había dispuesto mis letras para el mismo propósito, salvarme a mí misma del extravío en diferentes instantes de mi existencia. Escribir ha conseguido abstraerme de mi contexto para observarlo desde afuera, admirando con cabeza fría y en pequeños sorbos lo que realmente acontece a mi alrededor, es como un diálogo con mi alma en el cual se pretende conseguir un veredicto a partir de la reflexión y hoy, como no sé qué camino podría impedir el salto al vacío, decidí retornar a refugiarme en las letras.

Quiero iniciar aclarando que no dedicaría mi tiempo a relatar una historia que no mereciera saberse, ésta en particular posee una fascinación especial que merece divulgarse o por lo menos transmitirse a través de un monólogo espontáneo. Considero que solamente he intentado el amor una vez, enamorándome de la manera más desacertada y dócil, aunque si hay una historia que se acerca a esa experiencia anterior, definitivamente fue la que viví contigo pese a que siempre supe que no serías parte de mi ser y lo lamenté en lo más recóndito de mi corazón sintiéndote desde un principio lejano, distante, fuera de mí, como apartados por un cristal.

Asimismo, debo confesar que mi primera impresión sobre ti no fue buena, un personaje un poco engreído y bastante impersonal sin apetitos de crear conexiones fuertes o generar simpatía; pero una vez tuve la oportunidad de acercarme aprecié tu verdadera esencia y fue allí donde una suerte de hechizo me envolvió. Pude ver la profundidad de tu mirada, no exagero cuando digo que cualquier alma podría extraviarse allí. Me atraía no perder de vista tus manos y más cuando copiaban mis gestos, aunque nunca lo sabré con certeza, siempre lo interpreté como un gesto de simpatía entre los dos. Quedé fascinada con tu voz, tan exquisita, seductora, trascendental e imponente, una expresión tuya no podía pasar desapercibida y mucho menos con tu lenguaje sofisticado, prudente y preciso, así como con tus gestos tiernos, se notaba la elegancia hasta en tu forma de percibir el mundo. Definitivamente, echaré de menos la libertad de conversar contigo, nuestras conexiones en la forma de pensar nunca fueron mayoría, pero siempre fueron ineludibles.

Pretendí reflejar la figura de una mujer independiente, fuerte e incapaz de ser lastimada, no quería ser la damisela en peligro, quería respeto y admiración, sentimientos a los que me aferré hasta que revelaste tus intenciones, entonces me convertí en una adolescente viviendo su primer cortejo, reviviendo la ingenuidad y la inexperiencia que me caracterizaron hace muchos años. Cuando sentí tus labios me sumergí en una sensación indescriptible, nuestro primer beso fue la mezcla perfecta entre pasión y ternura, no obstante, creo que esas palabras no solo aplican a ese momento porque todos y cada uno de tus gestos envolvían esos dos sentimientos. Tú involucrabas esa serie de rituales que sumados se convertían en una magia especial, esa paz que esperé y que hoy se revelaba como una felicidad inconclusa, un imaginario, una utopía, un holograma, un sí pero no, una muestra de lo prohibido. Todo para mí implicó una adrenalina inagotable con momentos iterativos de euforia.

¿Y qué más puedo decir? Empezamos a involucrarnos en la vida del otro y de repente me sorprendí inundada de fascinación, un sentimiento que una vez más me hizo sentir viva y aunque nunca te sentí parte de mi ser, conseguiste tocarme el cuerpo y el alma. Hoy más que nunca puedo constatar que la vida es un momento, uno con muchos instantes y que nuestro corazón confina a quienes son capaces de suministrarnos regocijo, despojarnos de la pasividad, tiñendo la palidez y haciéndonos muy conscientes de nuestra respiración, de nuestros latidos, de esos pequeños tributos a la eternidad. Por eso hoy solo quiero expresarte mi gratitud por llevarme a la trascendentalidad. Nunca dudes que un pedacito de mi existencia y de mi corazón te pertenecen, te los entregué con una sonrisa que se cristalizó en un beso.

¡Te adoro!

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