martes, 9 de septiembre de 2014

LA MALA COSTUMBRE

Y así se respondía mi pregunta…

El lugar que más sentimientos infalibles había presenciado se acercaba al lugar de las despedidas y en definitiva, era un aeropuerto o un cementerio, porque tal vez se requiera mucho o muy poco valor para estar en esos lugares, no importa el rol que se encarne desde que un alma tenga una razón para estar allí los sentimientos son monumentales y a su vez recónditos. En esos sitios consagrados para despedidas y reencuentros no es posible fingir, el alma libre vaga despierta por un sinfín de turbaciones que batallan y se chocan sin que ninguna aparezca en mayor cantidad que otra y lastimosamente la mística de estos lugares es que no son muy concurridos en la vida de una persona, solo en ocasiones exclusivas.

Porque como decía un reconocido escritor “¿Qué es la vida? Un frenesí ¿Qué es la vida? Una ilusión” y ahora puedo dar fé de las palabras de un magno: “Vale la pena dar la vida por una causa” porque los seres humanos tienen la mala costumbre de querer gritar un avaro sonido cuando ya nadie lo oye, porque cuando se adquiere la sensación de haber vivido intensamente el momento no es tan difícil decir adiós, es más, es posible decir adiós con una sonrisa y un guiño, pero cuando quedaron cuestiones pendientes, es ahí cuando la destreza de decir adiós se diluye en la sospecha de lo inesperado.

Es ahí también, cuando las lágrimas son cuarteles, los sentimientos sentencias y los caminos titubeos, es ahí cuando la impotencia y la nostalgia toman el timón porque el rumbo de regreso se refunde, se dilapida, se marcha con la esperanza viva que escoltaba el pasado, y es ahí cuando la abatida es inminente en especial cuando se habla de un pasaje sin regreso o de una muerte sin clemencia, es ahí cuando los discursos que nunca se declamaron fluyen con destreza y lamentablemente esa es la única forma que han encontrado los humanos.

Porque el ser humano creyó fundar lugares para los sentimientos verdaderos, pero esto se convirtió en un símbolo de la banalidad, de la mundaneidad. Los sentimientos, en su mayoría, tienen naturaleza trascendental aborrecen estos lugares y se apartan de su presencia, buscan la autenticidad en el acontecer de lo que no es preciso poner en un libreto ni seguir una secuencia lineal, por ello, es donde no se retrocede el tiempo y todas las historias son diferentes, así se presentan, se encaminan, se sienten.

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