jueves, 17 de octubre de 2013

A PROPÓSITO DE LA PREGUNTA POR EL SER Y OTRAS CUESTIONES AMOROSAS

En medio de los suburbios, la gente afanada por sus obligaciones, la velocidad de una sociedad en la que los valores de acciones, remesas, transacciones, divisas y demás cambian en segundos, los corredores de bolsa no alcanzan a alegrarse por sus dividendos cuando ya los han perdido y viceversa, en medio de los comportamientos controlados y los gajes del trabajo, allí mismo, aunque suene imposible de creer, nació un amor que se olvidó de contabilizar el  tiempo o de capitalizar sus activos en el futuro o simplemente de entender qué sucedía en el resto del espacio.

Un amor que posiblemente refute los análisis psicológicos de relaciones interpersonales, un amor que profesa perfección sin que sus protagonistas lo sean, un amor entre la filosofía y las finanzas que lo único que comparten es las primeras dos letras de sus nombres, un amor intruso, rebelde, orgulloso, obstinado, que pelea con el existencialismo, con lo que suele ser, pero no es en la excepción, y aunque Heidegger diga que el concepto de “ser” es indefinible y sea un concepto evidente por sí mismo, esto “ES”…

Es lo que siempre apetecí de alguna manera poco apreciable, es lo que me ha hecho avivar más de un suspiro y es lo que me ha hecho acostumbrarme a esas cosas inherentes a mi capricho, pero que discrepan de mi antojo, y que mi mente prefirió evadir para hacer todo más pulcro, esas “espinas” que se deben permitir cuando se tiene una “rosa”.

Y ahora hablemos de él, un caballero de estirpe noble, un profesor apasionado, culto y comprometido con el mundo, un descendiente directo de la realeza, un príncipe, un hombre excéntrico, fantástico, refinado, exquisito, un héroe, un sabio, con un trayecto impecable y una seriedad, sensatez y mesura que enamoran, con un entendimiento que sólo puede provenir de la divinidad, ese mismo, que me hace estar al borde de la asfixia por tantas veces que me hace estallar de risa, ese que me hace sentir en un entorno de sublime conocimiento entre libros, conocimiento y ciencia, de esa misma que me enamoré, de la que él se enamoró y la que de alguna manera, nos unió.

Ese que me supera en altura y en todo el resto de vicisitudes, fino, elegante, prudente, al que le gustan mis rizos rojos, mis exuberantes colores de uñas y mi escandalosa risa, que saborea nuestras diferencias y nuestros alocados apuntes y soporta los regaños mutuos atreviéndose a callarme con un beso, que osa volar imaginando conmigo y concibiendo descabellados designios de cambiar el mundo, él que es de esas personas que el universo necesita. Sólo somos dos almas libres trabajando en equipo, libres en el amor que nos tendrá muy cerquita uno del otro eternamente, así sea estando sentados uno al lado del otro o sea cuando en un año él se encuentre iniciando su doctorado en filosofía probablemente en Alemania y yo me encuentre iniciando mi maestría en Boston. Es un espíritu emancipado e inquieto que por su altivez y jovialidad decidió ofrecerme un romance trascendente que acepté con frenesí y que desequilibró mi vida en un santiamén, destrozó sin remordimiento mis paradigmas y suprimió mis límites “indestructibles” que resultaron ser bastante endebles y casi, casi de porcelana.

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